Del aula de clases al espacio laboral: un salto abismal.

Del aula de clases al espacio laboral: un salto abismal.*

Por: Felipe Ochoa Mogrovejo

Desde mis estudios secundarios he ido alimentando la idea de que lamentablemente la estructura de la sociedad y las políticas que rigen los sistemas de educación (al menos en Ecuador) preparan a los estudiantes de manera escalonada: de la escuela al colegio, del colegio a la universidad y de la universidad, supuestamente, a la vida. Desde mi experiencia, esta construcción en “ascendencia” no ha permitido adquirir esos conocimientos que nos enfrentan a los retos que “la vida” nos da luego de la educación formal. En este proceso, he podido identificar tres problemas esenciales: la mirada unidireccional y vertical del sistema de educación; la imposibilidad de generar procesos reales de práctica laboral – investigativa; y el divorcio entre el tecnicismo académico y la dinámica de la vida post-universitaria.

El sistema educativo desde la primaria ha mantenido un enfoque de enseñanza obligada de conocimientos que prepara al estudiante para su paralelo inmediato superior. El sistema está regido por parámetros estratificados de mínimos y máximos, en donde toda la población estudiantil debe calificarse. Es para mí un absurdo asegurar que 40 estudiantes con diferentes formas de pensar, distintos estados socio-económicos y entornos de desenvolvimiento completamente extraños entre unos y otros, puedan a su vez asimilar ipso facto las enseñanzas de un docente. Además, un problema que llega hasta la última clase universitaria es la creencia que la verdad absoluta, la razón irrefutable y la única forma de aprendizaje es unidireccional y jerarquizada profesor – estudiante.

Otro inconveniente de esta brecha entre la educación formal y la vida misma, es que en la universidad ecuatoriana (incluso se puede debatir que también en la educación secundaria) existen aún muchos problemas para trasladar los conocimientos adquiridos en las cuatro paredes a una praxis efectiva. La investigación aún sigue siendo un complicado proceso para desarrollar, debido a que las materias de los pensum de estudios no son investigativas sino de dictado de cátedra. La construcción de conocimiento es casi nula y la dinámica enseñanza – aprendizaje se traduce en inoperante y arcaica. Es necesario que la universidad y los entes de control también asuman la responsabilidad, que la generación de conocimiento no mantiene una línea directa inmutable sino que puede ser un proceso compartido en donde los aportes, sin importar su alcance, solo construyen.

Además de lo explicado, la imposibilidad de crear un vínculo virtuoso entre la academia y lo que acontece realmente luego de graduarse ha generado que sea el propio estudiante quien tenga que vaticinar y combatir las experiencias nuevas de la vida laboral. Evidentemente, la universidad no puede integrar todas las posibles situaciones a las que el futuro profesional se enfrentaría, sin embargo sí puede preparar distintos escenarios en las que el conocimiento se convierta en baluarte y defensa para múltiples espacios laborales. Esta dificultad también acarrea un problema posterior que es el tecnicismo exagerado. Cuando la enseñanza no da lugar al debate, la generación de ideas y el análisis político, la vida laboral -en donde se juega muchas veces el futuro de una política pública o una decisión empresarial- se halla en riesgo y con ella también en peligro múltiples personas que se pueden ver afectadas por tales sentencias.

En este sentido, es fundamental extender mi consejo oportuno a quienes aún sienten que esta enseñanza formal no basta para enfrentarse a los distintos retos de la vida futura. Creo precisamente que cada persona debe ser protagonista de su aprendizaje, acompañada por docentes capaces de generar sinergias y escenarios en donde ellos y ellas sean intermediadores y no dueños de la enseñanza. Asimismo, la promoción e involucramiento en actividades extracurriculares sin duda permiten este transporte de la teoría a la práctica con mayor rapidez. Siempre debemos pensar que no somos recipientes que llenar sino lámparas que encender y que el camino a la educación de excelencia empieza necesariamente con la crítica propositiva y objetiva.

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Felipe Ochoa Mogrovejo es Licenciado en Estudios Internacionales de la Universidad del Azuay. Trabajó en la Dirección de Relaciones Externas del Municipio de Cuenca y fue Consultor para la Agencia Alemana de Cooperación y Desarrollo (GIZ). Además se desempeñó como asistente de Investigación en el Working Development Group of the Americas y como Presidente del Club de Comercio y Negocios Internacionales de la Universidad del Azuay. Ha seguido algunos cursos nacionales e internacionales entre los que se destacan el Curso de Internacionalización de Ciudades en Barcelona, España y el Curso de Liderazgo Juvenil en Jerusalén, Israel. Actualmente trabaja en el despacho del Viceministerio de Educación Superior de SENESCYT.

*Las opiniones expresadas en el presente ensayo son propias del autor con base a su experiencia y no constituyen necesariamente una valoración general de todas las ciencias de estudio ni áreas de conocimiento.